Slow eating, slowfood, comer despacio

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El estilo slowlife o la vida slow nace como un repulsivo a la implantación de restaurantes McDonalds en Italia y su concepto de comida rápida o fast food. Quizás sea por eso que uno de los primeros artículos de este blog debía tratar sobre comer despacio, el slow eating, slowfood, es igual como lo queramos llamar.

Comer despacio no es solo un elogio a la lentitud o una denuncia a la exagerada y vertiginosa velocidad en la que vivimos inmersos, el slowfood es un ejercicio para mejorar nuestra salud física y nuestro equilibrio interno.


Slow eating, slow food en 30 minutos

Creemos que no tenemos tiempo, pero, normalmente, es falso. Prácticamente todo el mundo tiene al menos media hora para comer (sino una) y aún así, seguimos acelerando ese momento hasta reducirlo a menos de 10 míseros minutos en el que engullimos cualquier cosa que se nos ponga por delante, por la simple razón de que es hora de comer.

Diversos estudios han demostrado que comer despacio o slow eating tiene innumerables beneficios para nuestra salud:

slow food, menjar slow
  • Permite una mejor digestión y se digiere mejor los alimentos ingeridos.
  • Se consigue una mayor hidratación de nuestro organismo con los innumerables beneficios que ello conlleva.
  • Ayuda a no engordar, a mantener nuestro peso adecuado e incluso a adelgazar de manera más fácil.
  • Se consigue una mayor satisfacción con lo que comemos, tomamos más consciencia de los alimentos y tenemos menos hambre.

Pero es que comer rápido no nos beneficia, pues lo único que conseguimos son malas digestiones, aumento de peso, más hambre (y en consecuencia comer más de lo que realmente necesitamos) y menor satisfacción con lo que comemos.

Además, comer deprisa no solo significa comer más rápido, sino también comer a bocados más grandes y a masticarlos menos. Esto hace que la calidad de lo que pasa por nuestra boca no sea la ideal para llegar a nuestro estómago.


Cuando no hemos masticado lo suficiente, el trabajo para nuestro sistema digestivo es más árduo y pesado. En consecuencia, los alimentos son “procesados” de manera menos efectiva y se extrae de ellos menos rendimiento para nuestro organismo.


¿Comer rápido engorda?

Pues sí. En un experimento realizado por la Universidad de Rhode Island en 30 mujeres con un peso normal se las hizo comer en dos ocasiones distintas un plato de pasta con salsa de tomate y queso. Los ingredientes eran exactamente los mismos pero las consignas para las mujeres eran distintas: el primer día debían comer lo más rápido posible hasta saciarse, el segundo, lo más lento posible también hasta estar llenas.

Las conclusiones: el primer día las mujeres se zamparon una media de 646 calorías en 9 minutos. El segundo día, tardaron 29 minutos en comerse un total de 579 calorías de media. Esto significa que, además de una mala digestión, el primer día se llevaron 67 calorías de más que no necesitaban. No parecen muchas, pero si lo multiplicamos por las tres comidas mínimas que hacemos al día y por los días de la semana, la cifra ya empieza a ser preocupante.

Pero es que además, el día que las mujeres comieron más rápidamente, tuvieron hambre mucho antes y tuvieron que picar entre horas para saciar ese apetito. ¿Por qué pasa eso? ¿Por qué comemos de más cuando lo hacemos apresuradamente?

Nuestro cerebro necesita como mínimo 20 minutos desde que empieza a comer para enviarnos la señal de saciedad.

Así que, si comemos más deprisa, engullimos más cantidad porque nuestro cerebro no da la orden de parar.

La diferencia entre comer deprisa y hacerlo lentamente es que con el slow eating o slow food después de comer tenemos una sensación de satisfacción, no de estar lleno. Así, practicar el slow food conlleva ingerir menos cantidad de alimentos, que esta ingesta sea más satisfactoria y que, además, sea más duradera (menos hambre a largo plazo).

Menjar sa; menjar slow

Cómo comer más lentamente

Las tradiciones mediterráneas convirtieron las comidas en momentos compartidos y eso es muy saludable desde diversos puntos de vista. Tanto es así que los psicólogos especialistas en trastornos alimentarios aconsejan a las familias comer juntos para evitar entre los adolescentes problemas como la anorexia, la bulímia o la ingesta compulsiva.

Así que aquí van algunos consejos para practicar el slow eating o slowfood:

  1. Sentarnos a la mesa y compartir el momento de las comidas con otras personas. Así es como tradicionalmente se ha hecho siempre en la zona mediterránea y sería muy bueno tanto para nuestra salud como para nuestras relaciones personales conservar esta costumbre.
  2. Usar cubiertos y comer en un plato. Está demostrado que comer con las manos y directamente de un envoltorio comercial hace que comamos más deprisa.
  3. Tomar consciencia de que estamos comiendo, esto es no distraernos con móviles, televisión, ordenador…
  4. Comer variado, tanto en sabores, como texturas, como aromas. Cuando nos ponemos “cualquier cosa” para comer, acabaremos comiendo de “cualquier manera” en “cualquier sitio”. El momento de las comidas debe ser el momento de comer, no de ingerir “cualquier cosa” para mantenernos activos.
  5. Ser conscientes de la necesidad de masticar bien. De esta manera, nuestra digestión será más liviana y nuestro sistema digestivo podrá hacer su trabajo en mejores condiciones.
  6. Beber agua mientras comemos. No bebidas edulcoradas que enmascaran el sabor de los alimentos, sino agua. Ello nos ayuda a una mejor digestión, pero también a estar más hidratados, a saborear mejor los alimentos y a comer más despacio.

Ahora que conoces todos los beneficios del slow eating, slowfood o comer despacio ¿Te apuntas a intentarlo?

Tu salud te lo agradecerá.

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